miércoles, 10 de enero de 2007

Resolución de conflictos

La Ministra Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo, sobrina-nieta de José Calvo-Sotelo, “es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”, pretende enseñar a los alumnos de Secundaria a “resolver los conflictos mediante la negociación y el diálogo”. Según parece, el dogma del diálogo forma parte del credo de la religión oficial, del culto laico de la corrección política, cuyas enseñanzas, doctrina y tradición pretenden inocular a los futuros votantes a través de la pretenciosa ‘educación para la ciudadanía’.

Ciudadanos. Eso es lo que el título de esta catequesis progresista dice querer formar. Y negociación, y diálogo, lo que se pretende enseñarles. Pero hoy, esas dos palabras están vacías de contenido. Hace ya demasiado tiempo, cuando las personas decentes parecían haber aprendido que existían límites inviolables, que protegían la democracia de los demócratas, una cosa eran los fines, y otra los medios, y era indiscutible que los primeros no justificaban los segundos. España necesitó muchos asesinatos en nombre de causas nobles para entender esa cruel verdad.

Hoy esa certeza se difumina en la neblina del buenismo, y la negociación y el diálogo, que antaño fueron medios para conseguir cosas, se han convertido en fines por sí mismos. Por ello, cuando se habla de dialogar, nadie se pregunta, ¿para qué? La respuesta sería: para nada. Hablar por hablar.

Resolver. Hallar una solución. El otro día participé en una discusión en la que uno de los presentes sostenía que él “pagaba” al Gobierno para que solucionase el problema del terrorismo. No exigía una solución buena, ni una solución justa. Sólo quería una solución, da igual que sea la secesión o la supresión de la autonomía. Como él, hoy muchos ciudadanos españoles prefieren cerrar los ojos y los oídos a cómo se hacen la cosas, y esperar a ver cómo terminan. No sólo en relación con el fin del terrorismo; en mayor o menor medida, pasa en todos los ámbitos. Si alcanzamos un resultado, entonces todo habrá merecido la pena. Para ello bastará cualquier solución que ponga fin al problema, ya cueste cien o cien mil.

La sociedad española, pusilánime y perezosa, vive prisionera de una profunda contradicción: por un lado, ha aceptado que las actitudes, y los procesos, hayan dejado de ser instrumentos, para convertirse en objetivos; por otro lado, demanda de sus gobernantes que ponga fin a sus problemas, no importa de qué forma. Es la irrelevancia de las valoraciones cualitativas, la imperante doctrina del 'cómo sea'; mientras me quiten el problema de encima, todo lo demás no importa. Que lo arreglen los que mandan, que son los que entienden; ellos sabrán. Eso sí, sin crispación, no vaya a ser que no podamos dormir la siesta.

Y es triste, porque no todo es lo mismo. Si un niño está en el recreo, comiendo un bocadillo, y otro chico mayor le ordena que se lo dé, y amenaza con propinarle una paliza si no lo hace, por supuesto que el chaval puede negociar con el matón, y darle medio bocadillo; pero si lo consigue, aunque haya resuelto el problema mediante el diálogo y la negociación, porque no le han dado la paliza, ha perdido medio bocadillo al que tenía derecho. Y si otros macarras lo ven, entonces al tercer día tendrá que decirle a su madre que deje de prepararle el bocata, porque no se lo puede comer de ninguna de las maneras. A los ojos del plan de estudios del Gobierno, éste alumno obtendría un sobresaliente en educación para la ciudadanía, porque habría resuelto el problema, y lo habría hecho mediante el diálogo. Esto atenta contra el sentido común: aunque el acuerdo con el chantajista fue una solución, no fue una solución justa.

Pero la Ministra no quiere enseñar a resolver los problemas con justicia, sino a hacerlo con negociación y diálogo. Medios, y no fines; una solución cualquiera, cómo sea, sin importar qué tipo de solución. La política es una actitud, un talante; no principios, no justicia, no verdad. Esto define bien a este Gobierno, pero define mejor aún a la sociedad española que los llevó al poder. En esta hora sombría de España, los españoles somos hijos de nuestras obras. Y a este respecto, Zapatero, y la Ministra, son sólo dos españoles más.

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-06-01-2007/Sociedad/los-alumnos-de-secundaria-deberan-aprender-dialogo-y-negociacion_153777611840.html

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