martes, 2 de enero de 2007

El Empecinado

Nunca pensó el Presidente, cuando dormía plácidamente la noche del viernes al sábado, arrullado por los dulces susurros nocturnos de Doñana, que empezaría el año de esta manera. Él, que en algo más de dos años ha reinventado la democracia, interpretado rectamente la Transición, reparado las heridas de la Guerra Civil. Él, que es el llamado, el elegido, para conducir, puño de hierro en guante de seda, el denominado ‘proceso de fin de la violencia’. El hombre que ha descubierto al mundo el poder del talante y la sonrisa, el padre de la alianza de civilizaciones, comparecía la tarde del sábado ante los medios exhibiendo obscenamente su contrariedad, su perplejidad, su decepción, su enfado. Parecía un médico a quien hubieran despertado a media noche para atender a un enfermo moribundo, al que el día anterior había visitado, sin haber advertido su enfermedad. Daba la impresión de estar dando explicaciones con el paciente, ya muerto, de cuerpo presente, sin poder entender lo ocurrido, intentando salvar su reputación profesional a toda costa. O más bien un padre infinitamente dolido por la enésima travesura de su hijo díscolo e incorregible.

El hecho, nítido, insoslayable, inevitable, como la Gran Muralla China, es que el Presidente ha apostado todo su capital político al proceso de paz, y éste se resquebraja por momentos. Zapatero subió al poder a lomos de una marea de opinión que acusaba al Gobierno saliente de mentir y ocultar. Y, sin embargo, ha apelado a la discreción y al sosiego para pedir del pueblo soberano comprensión y paciencia, y así dirigir un proceso de paz marcado por la más absoluta de las oscuridades, presentándose como el depositario de la información, suficiente y fiable, necesaria para llevarlo a cabo (información que no podía compartir con la oposición ni, por supuesto, con la opinión pública). Aquellos ciudadanos que han confiado en el Presidente, lo han hecho bajo la convicción de que éste disponía de tal información. La perplejidad de Zapatero ante este atentado, y el ridículo eco de sus palabras del viernes, ponen en evidencia que esto no era así. A día de hoy, es inevitable preguntarse si el Presidente ha tomado decisiones partiendo de premisas erróneas y, si es así, si ha apostado todo a una carta sin conocer las reglas del juego.

En ocasiones, aquellos que ocupan el trono del poder parecen vivir separados de la realidad por una barrera infranqueable. Están tan ensimismados en su cuento de la lechera particular que no atienden a la dureza de los hechos, de las evidencias. Y aunque se trata de un síntoma que, en mayor o menor medida, afecta a todos los dirigentes, en nuestro actual Presidente es especialmente acusado. Así, por ejemplo, Aznar necesitó de seis años de Gobierno, una mayoría absoluta, y el jet lag acumulado de varios viajes transatlánticos para sucumbir bajo el influjo de este ‘Síndrome del Poder’. En cambio a Zapatero, aún habiendo llegado al Gobierno por deméritos ajenos, y no por méritos propios, y disponiendo de una exigua mayoría parlamentaria, le han bastado unos pocos meses para alcanzar un nivel semejante de autismo; el Presidente se halla instalado, casi desde el inicio de la legislatura, en esa enfermedad que le impide ver lo que pasa. Se había figurado a sí mismo como el adalid de la paz, y “accidentes” como las cartas de extorsión, la kale borroka, o el robo de armas no podían perturbarle en el disfrute de su tránsito hacia la gloria. Frente a todo ello exhibía, con una suficiencia insultante, su optimismo existencial, inconmovible al desaliento.

Ahora le ha pasado por encima, como un tren de mercancías, el atentado del sábado, y no sabe ni de donde le ha venido el golpe. Zapatero merece, sin duda, el apelativo de ‘El Empecinado’, por su contumacia en no aceptar aquellos elementos de la realidad que contradicen su interpretación de la misma. Al final, se ha visto arrollado por esa realidad, que ha acabado por imponerse de forma cruel e inexorable. No, sin duda Zapatero nunca pensó que empezaría el año así.

Ahora hemos de imaginarnos al Empecinado reflexionando solo, tal vez de vuelta a su refugio de Doñana, acaso en la penumbra de su despacho de Moncloa, sobre como lidiar con este toro. No, sin duda no cabe la marcha atrás; el coste político sería demasiado alto. Tal vez piense Zapatero que, cuando arrecia la tempestad, lo mejor es refugiarse, quedarse quieto, y esperar a que pase. Por el momento, la celebración del Año Nuevo, y la falta de confirmación de la muerte de los dos ciudadanos desparecidos, le han permitido capear los siempre devastadores efectos del corto plazo, y mitigar los daños que las ruinas del parking de la T4 podían haber infligido a su carrera política. Ahora, con la serenidad y la distancia que le dan las casi setenta y dos horas transcurridas desde el atentado, pensará en volver a reunir sus naves, y en hacer todo lo necesario para rescatar su apuesta sin perder un solo euro, y vivir para vencer otro día, como ha venido haciendo durante este tiempo. El Empecinado es un experto escapista, que hasta el momento ha sabido salir indemne de todos sus inconscientes paseos por aguas cenagosas. Y, en este punto, es importante precisar que, para el Presidente, la medida del éxito o el fracaso de su gestión es su reelección, y a ello dedica todos sus afanes; lo importante no es, por lo tanto, el acierto en sus decisiones, sino el impacto de las mismas en la opinión pública.

Creo que, a pesar de su desconcierto inicial, el Presidente ha podido resistir el tirón de las primeras horas. Lo que venga a partir de ahora dependerá, fundamentalmente, de la evolución de la opinión pública, y de la gestión mediática que se haga de esta crisis. Pero mucho me temo que, salvo que se vea obligado por la presión de las encuestas que manejan los augures que le asesoran, Zapatero no piensa desandar el camino andado. Eso supondría admitir que ha vuelto a fracasar donde otros ya lo hicieron, y reconocer que ni el talante, ni el ansia infinita de paz, que preconizaba como remedios definitivos, han podido derrotar a la naturaleza implacable del escorpión.

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