miércoles, 21 de marzo de 2007

El día de la infamia

Han pasado casi seis años. Hoy, en la Audiencia Nacional, Otegui ha dicho no recordar, y el representante del Ministerio Fiscal, sí, ministerio, servicio, un servidor de la Ley, ha dicho que su conducta ese infame día "no desborda lo que es una opinión"; hasta hoy, había sostenido que era constitutiva de un delito, que merecía quince meses de cárcel. Pero hoy, que Otegui ha dicho que sólo defendió el derecho a la autodeterminación, que se expresó en términos democráticos, que ha comparado la bandera de la ETA con la de la UGT; hoy que el gordo ha repetido la basura que viene repitiendo últimamente, para consumo de ingenuos y necios; hoy que el 'hombre de paz' se ha levantado amnésico, de repente el servidor de la Ley se ha dado cuenta de que no hay delito. Al César lo que es del César: se llama Fernando Burgos, y tanta culpa tiene el que manda como el que obedece...

http://www.abc.es/20070321/nacional-nacional/otegi-sera-juzgado-enaltecimiento_200703210416.html

Gracias a internet, recordamos lo que pasó. Adjunto la noticia publicada en el mundo el día siguiente, la foto con el féretro con la ikurriña y la bandera de ETA, las declaraciones del gordo ensalzando la lucha de los gudaris. Desde hoy, esto no es apología del terrorismo; desde hoy, todo me parece mucho más feo.

Triste día para el Estado de Derecho, para España. Uno más.

http://www.elmundo.es/elmundo/2001/07/30/espana/996490698.html

lunes, 5 de marzo de 2007

Sobre el caso De Juana

Antes de escribir sobre el asesino De Juana y su ‘humanitario’ arresto doméstico, he dejado pasar el tiempo que creí necesario, para que se enfriase la sangre en mis venas, para que reposase el torrente de ideas, y de ira, que lleva bullendo en mi cabeza desde que, el pasado jueves, conocimos la decisión del Gobierno. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, no se me ha pasado el cabreo. Se ha convertido en un enfado sordo, virulento, quedo; ya no grito, ni gesticulo, ni me indigno. Sólo callo, y rumio en silencio mis encendidos jugos gástricos, revueltos en una nausea permanente de la que no consigo librarme.

Unas breves consideraciones, como abogado. ¡Dichosa objetividad! A todos nos indigna que un asesino como éste sólo haya cumplido dieciocho años de cárcel por veinticinco asesinatos. Pero de esto no tiene la culpa ningún Gobierno, sino un Código Penal tardofranquista, el de 1973, que preveía la redención de penas por días de trabajo. La Constitución ha hecho el resto, ‘blindando’ ese beneficio frente a cualquier reforma posterior, al vedar la aplicación retroactiva de las normas penales desfavorables. Por lo tanto, ese no puede ser el elemento nuclear del actual problema.

Tras un intrincado proceso legal, durante el cual la Fiscalía ha cambiado de criterio tantas veces como de corbata el Fiscal General del Estado, el Tribunal Supremo ha condenado a De Juana a tres años de cárcel, por la publicación de dos artículos amenazantes en el diario Gara. Mucho se ha discutido sobre la justicia de esta decisión, que no deja de ser un pronunciamiento de nuestro más Alto Tribunal, respaldado por la totalidad de sus miembros. Para mí, esto, por sí solo, ya merece respeto. Y, además, una cosa está clara: los santones del humanitarismo benéfico habían criticado la anterior sentencia de la Audiencia Nacional sobre el caso – doce años de cárcel – por ‘desproporcionada’. Así que, tras la decisión del Supremo, esa excusa ha dejado de valerles.

Aterricemos, al fin, en el terreno de la opinión. En algún momento he creído que, con su sentencia, el Supremo le había ofrecido al Gobierno una salida a la crisis en bandeja de plata; pero, si reflexionamos algo más, vemos que es más bien lo contrario. Me explicaré seguidamente.

Al asesino De Juana sólo le quedaban por cumplir dieciocho meses de cárcel; algo más que razonable para quien ya llevaba entre rejas casi veinte años. Algo que, a un tercero como yo, desde la distancia, le parece que podría haber sido una resolución aceptable para este inmenso drama, que suponía la escenificación del chantaje más perverso al Estado de Derecho: cumplimiento íntegro de la pena, y salida a la calle en otoño de 2008. Solución lamentable, eso sí, porque la inmundicia de poco hombre que es De Juana debería haberse podrido en la cárcel. Pero, desde una postura de máximo respeto a las decisiones judiciales, la única salida viable.

Pero la gentuza abertzale está crecida, desde que descubrieron que ellos marcaban las reglas del proceso. El Gobierno había ido señalando supuestos límites infranqueables, que luego se habían superado sin mayores consecuencias: la extorsión, la kale borroka, un atentado con muertos. Zapatero había apostado tanto a la carta de la paz, que hasta habían derruido parte del aparcamiento de la emblemática T4, y sepultado bajo sus ruinas a dos personas, y no había pasado nada. La ETA es hoy consciente de que el presidente por accidente, nunca mejor dicho, tiene la certeza de que el fin del proceso le supondrá, probablemente, tener que bajarse de la poltrona, y de que, por ello, está dispuesto a mantenerlo con vida a cualquier precio, cómo sea.

Por ello, De Juana lanzó un órdago, y decidió no poner fin a su huelga de hambre hasta tanto no saliera en libertad. Su coro de matarifes, y de simpatizantes de los matarifes, rugieron en su apoyo. Y los que, durante este tiempo, han incrementado la presión sobre el Gobierno para liberar al asesino, con vagos argumentos buenistas sobre la pena de muerte y la venganza, redoblaron sus esfuerzos. Todos, unos y otros, como buitres, especulando sobre la muerte del De Juana, para deplorarla, abominarla, y obtener los mayores réditos posibles.

Por supuesto, era un farol. No se entendía que de Juana hubiera dejado la huelga de hambre cuando la Fiscalía había reducido su petición de condena a tres años, y que la mantuviera cuando el Tribunal Supremo había atendido esa petición. Pero, claro, se trataba de negociar, de ver cuanto se tensaba el ronzal con que llevan al Gobierno, antes de romperse.

Pero a Zapatero y a Rubalcaba, hablando mal y pronto, se les pusieron de corbata. Porque un año y seis meses parecía poco tiempo, pero era suficiente para que el asesino se muriese. Y si fallecía, aunque en realidad se tratara casi de un suicido, el proceso estaría finiquitado, y con él su esperanza de perpetuarse en el poder sine die, la cual, a día de hoy, aparece claramente como la única finalidad de este esperpéntico viaje hacia ninguna parte.

Lo que está claro, y es a lo que iba, es que, tras la sentencia del Supremo, la pelota había quedado, exclusivamente, en el tejado del Gobierno, a quien no le quedaba más remedio que retratarse. Porque nada, objetivamente, justificaba un tratamiento favorable para De Juana, salvo su terca obstinación por acabar con su vida. A día de hoy, resulta evidente que el Gobierno se ha retratado, y ha salido en la foto en una postura indecorosa.

Dice un abogado que conozco que las leyes son como perchas; que cuando uno tiene una pretensión, se trata de ver como la cuelga en alguno de los muchos preceptos que pueblan nuestro ordenamiento jurídico. La pretensión del Gobierno era mandar a casa al asesino, para que dejase la huelga de hambre, para no cargarse la patraña de la paz. Se trataba, pues, de buscarle su percha.

Esa pretensión no encajaba en la libertad condicional, porque exige el cumplimiento de tres cuartas partes de la condena (faltaban nueve meses) y un pronóstico favorable de reinserción. Tampoco en el régimen abierto, porque éste también exige una valoración de la aptitud del reo para reinsertarse, y las declaraciones del ‘etiope’ De Juana en ‘The Times’, no arrepintiéndose de nada, eran un mal principio en ese sentido. La cosa parecía difícil, había que buscar algún resquicio en la legislación penitenciaria en que cupiese este sapo. Y entonces, alguien pensó en el artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario.

Éste artículo permite aplicar a un interno elementos correspondientes a distintos grados de clasificación; esto es, permite dar un tratamiento ‘ad hoc’ a una situación específica, exigiendo, tan solo, que las medidas adoptadas resulten idóneas para ese caso concreto, de tal forma que sólo mediante ellas sea posible ejecutar el tratamiento propuesto. Y dicho y hecho; a De Juana, clasificado en segundo grado penitenciario (régimen ordinario), se le aplican algunas medidas propias del tercero, como el arresto domiciliario y el seguimiento telemático. Y con ello se consigue la cuadratura del círculo, que el gudari vuelva a casa, y todo ello sin meterse en el jardín de tener que valorar la posibilidad de reinserción de un asesino que no se ha arrepentido, en modo alguno, de sus veinticinco asesinatos.

Por supuesto, ello no es lo que De Juana había dicho que quería. Se trata de una forma particular de cumplimiento (a fin de cuentas, arrestado en casa, y controlado con una pulserita cada vez que salga), no de una puesta en libertad, ni de un beneficio penitenciario. Pero se ve que le ha valido, porque ya está comiendo sopitas… sin duda, ‘pacta sunt servanda’. Lo dicho, una negociación en toda regla. El gachó ha puesto fin a su numerito cuando ha visto que la cuerda no daba más de sí…

Con este artificio, el único posible, - legal, por supuesto, no podía ser de otra forma -, el Gobierno ha escenificado una transacción a la vista de todos; ahora andan intentando justificarla, ‘calentando’ el ambiente, filtrando a diestro y siniestro que esperan un comunicado de la ETA ‘ampliando’ el alto el fuego. Creo que en Internet ya se admiten apuestas sobre la palabra que el Gobierno ‘sugerirá’ a los terroristas esta vez, que sea más ‘amplia’ que permanente, la empleada hace ya casi un año… lo que está claro es, que si llega ese comunicado, será el próximo paso de la ETA; luego le tocará mover ficha de nuevo a ZP, más o menos para las elecciones municipales. A la vista de este panorama, no me extraña que Otegui se riera tanto el otro día, al salir del Hospital. Parafraseando a un carnicero, ‘sus risas son nuestros llantos’.

Pero, mientras tanto, creo que ya hay otros veinte etarras en huelga de hambre. Supongo que también dejarán de comer los carteristas, los atracadores, los violadores y hasta Julián Muñoz. Yo, desde luego, lo haría, viendo a este Gobierno medroso retroceder como los cangrejos ante la posibilidad del suicidio de un delincuente, y en cambio seguir con paso firme tras el asesinato de dos pobrecitos ecuatorianos que pasaban por allí y no le importan a nadie.

El Gobierno ha definido la decisión adoptada con De Juana como legal, inteligente, y humanitaria. Pero a mi me parece que ha sido cobarde, repugnante e inmoral. Probablemente, sin embargo, los seis adjetivos sean compatibles, si aceptamos que el Gobierno está embarcado en un proceso negociador puro, un impúdico juego de ‘do ut des’, absolutamente indisimulado, y que Zapatero entiende que es humanitario beneficiar al verdugo en detrimento de las víctimas, y que es inteligente convertir a De Juana en un héroe para evitar que sea un mártir.

Ya termino, lamentando la dureza de mis palabras, escritas desde la rabia, en una noche insomne. No porque la situación no las merezca, sino porque no quería llegar a este punto; ya no cabe la moderación, ni las medias tintas. El Gobierno se ha quitado la careta, y ha empezado su carrera para conseguir, antes de las elecciones de 2008, una paz ‘como sea’, que les lleve, en volandas, a cuatro años más de poder. Y ya sólo quedan dos opciones: o dejarse arrastrar por la marea repugnante de rendición de las nucas ante las pistolas, o resistir a pie enjuto. Y yo opto por lo segundo.

¡Qué asco, Dios mío, qué asco!